Bolonti: De guardiacárcel a retador mundial

Si no me daba miedo entrar a una toma con colchones prendidos fuego, mucho menos me da miedo boxear”, resume con sinceridad

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La llave de su destino. Eso buscaba Roberto Bolonti cada vez que debía cumplir con la guardia de 48 horas en el penal de Batán. “¿Qué hago acá?”, se preguntaba este grandote de 35 años, de ojos chiquititos, llenos de sueño y de sueños, cuando tenía que entrar en grupo a una reyerta y evitar, con algunas tomas de defensa personal, que la mano se pusiera fea. Trabajó durante seis años como guardiacárcel porque la actividad le permitía tener un dinero fijo para sobrevivir y para poder seguir boxeando.

En guardia. Bolonti, en el gimnasio, luciendo su uniforme. / FABIAN GASTIARENA

Otra no había.

La llave de su destino. Eso buscaba Roberto Bolonti. Y la encontró. Ahí estaba la suya, colgada de su cintura, mezclada en ese pesado manojo sin llaveros que abría tantas celdas. Ahí estaba, sólo que pasaron años para que las grandes puertas del boxeo mundial se le abrieran. “Estoy feliz.

Voy a pelear por el título mundial mediopesado, en Alemania, contra Juergen Braehmer, justo el mismo día que Maravilla Martínez va a defender su corona ante Cotto, en el Madison Square Garden. Espero que los argentinos me hagan el aguante a la tardecita”, dice.

El boxeo está asociado a la cárcel de Batán por Carlos Monzón o por la Hiena Barrios, que pasaron por este penal. Pero Bolonti, que vivió días y noches en la Unidad 15, logró dar vuelta la historia: “Me tocó trabajar en el penal, que es otro mundo, pero nunca tuve ningún problema, salvo alguna reyerta. Es que rápidamente me especialicé en el GIE (grupo de choque) y trabajé seis años en equipo. Creo que me fue bien porque trataba bien a los muchachos, con educación. ¿Qué les iba a hacer? El único que los puede condenar es el señor juez”.

A medida que Bolonti iba creciendo en el profesionalismo, su carrera dentro de la Penitenciaría era menos estresante. Y los reclusos ya lo tenían fichado. Para bien, claro.

Se había ganado el respeto de muchos. Pero eso duró poco.

“Por mi condición de deportista, hace seis años logré entrar a la Alcaldía, donde hago trámites administrativos. Cuando me trasladaron, fue el quiebre y una ayuda muy importante, porque tuve más tiempo para entrenarme y para dormir. Y no llegaba tan cansado”, afirma quien debutó en el profesionalismo en 2005.

Especialista en defensa personal en espacios reducidos, pudo haber hecho carrera.

Pero lo suyo era pegar. Y no dejarse pegar. Todo arriba de un ring.

“La adrenalina que me da el boxeo no me la daba otra cosa -sintetiza-. Yo las pasé todas, las viví todas. Como entrar a una toma con colchones prendidos fuego. No se veía nada. Lo único que escuchaba era el ruido de las piedras que impactaban contra mi escudo.

Si eso no me daba miedo, mucho menos me da miedo boxear ”.

Y no exagera Bolonti, que desde el prólogo de su carrera tiene una historia curiosa: “Nací en el campo, en General Pirán, a 80 kilómetros de Mar del Plata, pero no tenía rivales. Entonces en 2000 me rajé para Mardel .

Estaba tan seco que ni para el tren tenía.

Viajé colado y caminé como cien cuadras hasta el puerto, a la casa de una abuela que me bancó unos meses”.

Bolonti, que trabajó de techista y en la construcción con sus tíos, al mejor estilo Maravilla Martínez, tuvo que tocar fondo para hoy estar en lo alto. “Hace diez años, quise largar todo. Me había comprado un Falcon modelo 70 para ir a trabajar y a entrenarme -recuerda-. Es más, mi vieja me había tarjeteado el equipo a gas en 12 cuotas. Dejé estacionado el auto, pero cuando lo fui a buscar, ya no estaba más. Agarré el bolso y me fui a mi pueblo. Al mes, mi viejo me convenció y volví a boxear, aunque tuve que agarrar la bicicleta de nuevo”.

Después de 37 peleas (35 ganadas y dos perdidas) Bolonti tiene la chance de su vida.

De guardiacárcel a pelear por el título del mundo de la AMB.

De la cárcel de Batán a los rings de Alemania. Una mano que abra la pelea para destronar a Braehmer. Eso necesita Roberto Bolonti.

Una llave.