El fenómeno

Gustavo Nigrelli
Por Gustavo Nigrelli
¿Lo es Mayweather? ¿Le alcanza para situarse en ese pedestal sólo por acumular victorias, billetes y espantar las derrotas? Corriendo siempre con el caballo del comisario, el mejor libra por libra del planeta, al menos se las arregló para instalar el debate.
El fenómeno

La polémica surgió sola -aunque de rebote-, tras la columna de la semana pasada (“Cuando las apariencias engañan”), acerca de si Floyd Mayweather es o no un fenómeno.

Al margen de la toma de posición de cada cual, y lejos de querer instalar una verdad absoluta, el tema inspira un rico debate, para el cual urge un punto de partida indispensable: ¿qué es ser un fenómeno? O mejor dicho, ¿a qué le llama cada uno “ser fenómeno”?

Da la sensación de que “crack” es alguien muy bueno, pero “fenómeno” representa un escalón más, algo más selecto, más virtuoso. La máxima expresión de una disciplina, cualquiera sea, e independientemente de las épocas.

¿Y qué se mide para tal denominación en el caso particular del boxeo? Una de las cosas son los resultados; el éxito deportivo. Otra, la forma de conseguirlos, que tal vez sea lo más importante a la hora de elevar la vara a la categoría “fenomenal”.

También se miden los rivales a quienes se enfrentó y venció, su grado de dificultad, los riesgos corridos y situaciones adversas superadas. Se mide rendimiento y virtuosismo.

Pero de todo, lo crucial para establecer ese superlativo grado de “fenómeno” siempre va a ser el modo, la contundencia, la diferencia que marque ante sus pares.

Quizás haya alguien que disienta con esto. Quizás alguien agregue otro condimento, o destaque alguna otra característica. Pero básicamente, la mayoría acordaría con que éstos son los subjetivos e invisibles calibres con los que se define tan abstracto sello, que cuanto más opinable y menos unánime, más débil.

Mayweather es invicto en 46 peleas y 26 KO, con 37 años. Nadie pudo con él hasta ahora, pues siempre fue superior al rival. Apenas se le cuestionan 2 ó 3 victorias, más por aburridas que por otra cosa, como la de Oscar de la Hoya, la primera ante José Luis Castillo, y alguno que otro la de Miguel Cotto.

Ganó 5 títulos mundiales en diferentes pesos (superpluma, ligero, superligero, welter y superwelter). Ostenta en la actualidad dos de ellos (welter y superwelter –unificados ambos-) y por si fuera poco, fue medalla de bronce amateur como pluma en Atlanta ’96 (perdió ante el búlgaro Serafim Todorov en fallo polémico, 10-9). Desde entonces, marcha imbatido.

Numéricamente, impecable.

Pero cuando se le cuestionan las formas tan especulativas y poco efectistas de sus conquistas, sus adoradores apelan a los triunfos ante Ricky Hatton, Arturo Gatti y Diego “Chico” Corrales.

Tres de 46. O digamos mejor, tres de su periplo como campeón ante púgiles de cierto nivel.

Tiene 23 peleas de campeonato mundial, y apenas lució en gran nivel en tres.

Al Canelo Álvarez le dio una especie de lección, de baile, pero tampoco fue Leonard con Durán II. Y salvo excepciones, sabemos que en sus peleas, difícil haya nocauts o definiciones espectaculares. El rival de Mayweather baja, se baña, va a cenar y a bailar.

Claro, no es Tyson. Sin embargo en púgiles como Leonard, Hagler, JC Chávez, o el mismo Alí, a veces se esperaban contundencias, especialmente si el rival era accesible. Pero incluso también ante los grandes.

En Mayweather, no. Tampoco da la sensación de que vaya a noquear a ninguno de sus próximos rivales, si ni lo hizo con los últimos.

Sin ir más lejos, peleó contra 4 argentinos, y a los 4 los venció en las tarjetas, entre ellos a dos que eran más de consumo nacional que internacional, como Gustavo Cuello y Carlos Ríos –peleador frontal y permeable-.

Que hagan la prueba de mandar a algún argentino a pelear en su momento frente a Leonard, JC, Tyson, Alí, Hearns, o Hagler. La mayoría de los que lo hicieron, no pasaron los 4 rounds, y los que lo pasaron, tarde o temprano sucumbieron antes del límite.

El Chino Maidana bajó de su duelo ante Mayweather con la sensación de no haber peleado. Y pese a que pasó el tiempo -que borra y atenúa todo-, habría que preguntarle si los golpes,  incluso del vapuleado Broner, Khan, o los de Erik Morales mismo, no los sintió más, o lo pusieron más en peligro que los de Floyd.

Un fenómeno, se supone que es aquel que establece una diferencia astronómica con el “terrenal”. Como jugar contra Federer, o el Barsa.

Por ejemplo, un tenista del montón, se hubiese sentido realizado con sacarle un game al suizo en su mejor época. Y un equipo de Liga, lo mismo, si perdiera 1 a 0 contra los catalanes.

El caso de Floyd, es como si el Barcelona le ganara 1 a 0 a cualquier equipo. El tema es que les gana a todos. Por la mínima, pero a todos.

Para muchos, eso es ser un fenómeno. Para otros, no alcanza si no se lo acompaña con la brillantez, aunque en el camino se pierda, o empate alguno.

Ahora bien, que por reinar en un país de ciegos se lo discuta, o pretenda quitar legitimidad, es tan injusto como que se lo realce. La categoría de fenómeno, como el KO, de última llega sola.