Fuego Sagrado

La derrota de Lucas Matthysse por KO 10 a manos del ucraniano Viktor Postol del sábado en California, desnudó falencias no reprochables en el chubutense, ni en nadie. Pero sí expuso la confiabilidad de sus virtudes en los momentos claves, y sobre todo, el respeto por las ajenas, por más inocuas que parezcan.

Por Gustavo Nigrelli, Diario Popular
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Ed Mulholland / Getty Images

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Antes de efectuar cualquier análisis, cabe aclarar que Lucas Matthysse sigue siendo el mismo de siempre, ni mejor ni peor: gran boxeador, de pegada más justa que potente, a quien la importancia de las instancias lo presionan mucho más que el nivel de las figuras a las que enfrenta.

Siempre fue así, y no cambió esta vez frente al ucraniano Viktor Postol, un púgil de inferior nivel que muchos de los que el propio Matthysse venció cuando no hubo nada en juego.

Matthysse no cambió en nada, sino que acentuó crudamente su identidad, la que muchos confundieron por deseo, necesidad, mala lectura, exitismo y una serie de razones de las cuales deberían hacerse cargo, siendo únicos responsables de haberlo puesto en un lugar donde jamás quiso estar, ni se sintió cómodo, porque no se halla siendo ídolo ni ejemplo de nadie.

Lamentable. Ahora muchos le reprochan que no haya exhibido las medallas que ellos mismos le colgaron en su imaginación, exigiéndole lo que nunca le sobró, porque Lucas es un púgil de guantes blancos, no de fricción y roce, no recio, ni temperamental, ni de poner los cojones más allá de lo aconsejable, como otros “salvajes” campeones que hemos tenido, que en lo técnico ni sombra le hacían.

Si la idea era que Matthysse “pusiera los huevos” para vencer, o dar vuelta un combate, estaban viendo a otro boxeador.

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Por eso, en ningún caso puede reprochársele no haberse levantado tras el piñazo de Postol en el ojo izquierdo que le reventó la cara, pese a que él mismo confesara que podía hacerlo, pero no quiso para preservar su salud, incluso su propio ojo, que pensó que podía llegar a perderlo, o que quizás había sufrido un desprendimiento de retina.

Esa mezcla de pinchazo, ardor y dolor, que parte la frente a la altura de la ceja y retumba por dentro como una explosión, es difícil de explicar si nunca se ha sentido.

Un cimbronazo interno que hace llorar la nariz, repercute en el corazón y el cerebro por eternos segundos, donde se ven estrellas en un cielo negro y hace pensar en lo peor, vulnera cualquier espíritu.

Hizo bien Lucas. Muy bien. Pararse para seguir igual, o recibiendo castigo sólo para demostrar guapeza, cuando estando bien no pudo imponerse, era absurdo y sin sentido.

Por eso, lo que sí es reprochable es lo anterior. Lo que pasó en su momento de mayor entereza, en su esplendor físico y anímico, donde no dio la talla. Donde no tradujo sobre el ring la superioridad supuesta, porque dio la sensación de que subestimó la parada.

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Creyó que con su historia y renombre alcanzaba para sortear un escollo que al lado de lo que estuvo a punto de alcanzar (pelear contra Mayweather o Pacquiao), era casi una limosna, un menosprecio, un sencillo trámite burocrático al que se sorteaba con dar el peso y conocer lo básico.

Y subió sin guión, o al menos, agradaría saber cuál fue.

Todo lo contrario a lo que hizo esa especie de Tommy Hearns blanco, sin la furibunda pegada de “La Cobra de Detroit”, que estudió a la perfección a Lucas y tomó la chance como la pelea de su vida.

De allí que ni bien el chubutense no pudo imponer su fórmula, que fue “a la que te criaste”, la estándar, el piloto automático, desesperó. Y le fue más fácil decir que no le salió nada, a reconocer que no había preparado bien la lección, en especial la estratégica.

¿Qué es lo que no le salió? ¿Qué tenía pensado? ¿El plan era pegar en la nuca en los clinchs?¿Era avanzar con la cabeza embistiendo cual buey? ¿Bolear el cross diestro o zurdo y tener la suerte de que Postol no se estuviera protegiendo, como le pasó con Lamont Peterson? No se vio que haya intentado otra cosa más que ésas.

Pero además, lo que quedó en claro fue que Matthysse ya no tiene “hambre”, si es que alguna vez lo tuvo, porque con su clase nunca necesitó demostrarlo.

Lo único que cabría preguntarse sería si el Matthysse de hace 3 ó 4 años se hubiese puesto de pie o no, pero probablemente la actitud no hubiese variado, porque no está en su ADN.

No es el Chino Maidana. No es Locomotora Castro.

Maidana, Castro, Galíndez, El Gordo Domínguez, Coggi, y algunos más, se hubiesen puesto de pie con el ojo en la mano, pero ninguno de ellos poseía las finas condiciones técnicas de Lucas, que lo eximieron siempre de tener que apelar al temperamento, algo que no se entrena, ni compra a la vuelta de la esquina.

Por eso la crítica es no haber exhibido sus virtudes, no el haber desnudado sus falencias.

Y aunque declare lo contrario, no podrá convencernos de que el problema fue otro, que el haber subestimado a Postol. Y que entre las arengas, quizás haya faltado la lección principal: “Creer que el enemigo más débil no puede hacernos daño, es como pensar que una chispa no puede provocar un incendio”.