Gatica: Buenas noches, buen provecho

Paul Citraro*
Venado Tuerto, Nov. 2016

Durante los treinta y ocho años que separan el nacimiento y la muerte de José María Gatica, ni en el momento más alto, la parábola llegó a sentarlo en la cima del mundo. La única chance obtenida para disputar el título mundial –en una categoría más alta que la suya– fue frente al campeón norteamericano Ike Williams. Gatica la despilfarró en menos de dos minutos, al son de los billetes grandes que ganaba. Tendría noventa y un años hoy y seguro, de solo mencionarlo, todavía le produciría psoriasis a unos cuántos. Dentro y fuera del ring, podía encender en éxtasis al público que lo aclamaba y al que lo vituperaba. Fue un boxeador de carisma, magnetismo absorbente, con cualidades deportivas naturales que por exceso de arrogancia jamás pulió. Casi que subía al ring sin paralelos ni meridianos, con el rumbo perdido en un mundo insondable, de todos. Cuando un colectivo de la línea 295 lo partió al medio, Gatica estaba entrando en la psicosis sin haber salido de la infancia. Arrastraba una pierna como un ancla. Dicen que producto del ensayo de una pelea de catch programada por Martin Karadagian para Titanes en el ring. Pero la exhibición nunca se llevó a cabo, otra oportunidad desaprovechada. Gatica estaba desterrado del boxeo profesional desde la Libertadora. Y se rumoreaba su regreso, así como los anuncios de “Monos” truchos en cuanto festival del boxeo barrial hubiera.

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Una historia paradigmática entre muchas. En el sentido inmediato, la de un boxeador perdido por la joda, como Locche, Monzón, Uby Sacco o La Hiena Barrios. Arquetipo del provinciano cabecita negra, analfa, grosero, rebelde, que sentirá más temprano que tarde los azotes que el cinto de la moral argentina le propinaría por el lomo. Todo el mundo lo sabe; los cabecitas llevan la camisa afuera mientras no cagan de secos. Pero cuando dan un batacazo, empiezan a aparecer los smokings brillantes y esas enormes corbatas con un moño a lunares y uno o dos anillos por dedo. Y hasta se podría sospechar que González Tuñón se inspiró en Gatica para escribir “Los ladrones”.

La popular ama a Gatica, El Mono, un refinado de la barbarie, pero le gustaba que le digan Tigre, por los ojos celestes y no Mono, por la horma de la cara que le tocó. Parece que el gentilicio puntano le quedó chico en la capital. Nunca supo qué hacer en tierra firme cuando los vientos empezaron a ser favorables. Se enloqueció con el oro, se intoxicó con el vino. Se olvidó que estaba marcado a hierro vivo por la desgracia. Siguió lanzando golpes a diestra y siniestra, sin darse cuenta que no ganaba en el ring para salvarse, sino para tallar su propia derrota, muy a su pesar y a la larga lista de K.O. Ciertos boxeadores propician su propio derrumbe como para mitigar la culpa, en un intercambio al estilo Dostoievksi; bienestar físico por tranquilidad de espíritu. Nada sabe sobre el sistema de las ansiedades con las que se enfrentan los boxeadores; el miedo a recibir y el miedo a lastimar. Gatica era uno de ellos. La popular ama a Gatica, que es generoso al voleo y dona un toco de guita para equipar un hospital y le lleva juguetes a los pibes tullidos de los orfanatos. No supo que los jerarcas del peronismo lo usaron mientras le hacían creer lo contrario. A Discepolín le pasó lo mismo, usado y con bandera de remate por los mismos cortesanos. ¿A quién le importa si paga Gatica? Si se comporta como un pedante… si va a pagar con el bolsillo propio, con la cara y finalmente con el culo.

Paradigma de Tigre para la popular, certeza de Mono en el ring side. Provinciano alzado y fanfarrón que putea a la oligarquía argentina a costa de su vida. Aunque lo haga a título personal, sin saber si representa a alguien y lo haga sólo por divertirse. La popular ama a Gatica, pero se sospecha que desea su destrucción. Dicen que la muerte ritual congela al amor cuando es perfecto. Los ídolos populares en este rincón del mundo, siempre mueren en la patriada sin sentido. Y reventar, es su mejor momento, porque todo sigue igual. Por eso José María Gatica gana todas las peleas, menos las decisivas. Leonardo Favio vio eso sin saber una pizca de boxeo. Lo vio como nadie y lo vio primero. Lo vio hacerse pis arriba del escenario cuando la orquesta entonaba en los primeros compases de “Quiero verte una vez más”. Y vio que perder las preliminares y ganar las de fondo, son sólo para el cuento del cine norteamericano. Que los yanquis no podrían comprender a un tipo que si le dan a elegir entre un niño y un perro elige al perro. Y jamás permitirían que alguien deje a la chica parir en un vestuario. Bien al revés. Como suele ser la historia de conquistas y conquistados. Argentina lleva el nombre propio de sus ídolos a extremos insensatos, pero bien coherentes en su fondo. El nombre propio de la de historia argentina es Derrota y el de su estética: Autocompasión. Mientras las banderas argentinas flamean en la espalda del ídolo, las derrotas son cada vez más gloriosas. Cada derrota de Gatica se parece a la muerte de una esperanza colectica. Perón, Eva Duarte, el plan Quinquenal, la gente en la Plaza de Mayo. ¡A Gatica se lo respeta, Carajo! Eso dice Favio, que el peronismo no fue más que la seguridad de que a uno se lo respete. Aunque estuviera disfrazado de millonario y prepoteara a medio mundo sin saber con quién se metía. Un proyecto que le permitiera comprar un bote y un cochazo antes que una casa a su madre. Y que le muestre la cara al campeón del mundo y lo tumben como a un imbécil para luego ser perdonado. Esas sutilezas los gringos no pueden entenderlas. Tampoco algunos argentinos. Vayan a buscar una película con un público de box piadoso. La belleza del cine de Favio y de Gatica, El Mono, es saber que ya no se filmarán películas por el estilo. Ni muchos otros monos con los guantes puestos que salpiquen con sangre los zapatos y con otra cosa las bombachas de las chicas contreras de la primera fila. Porque la popu ama a Gatica y el ring side está de fiesta cuando besa la lona. Al parecer, la lucidez nacional, aparece de la mano de la debilidad y ya no quedan (hasta la llegada de Diego) épicos que les griten en la cara a los dueños del espectáculo. No es moco de pavo la épica. Felipe Varela decide luchar por la Unión Americana con los últimos cien lanceros rotosos, gastados y muertos de hambre y no hay más Evita que la Evita en su lecho de muerte. O la Evita en el cajón. ¡Viva Perón, Carajo!

Gatica-Perón: dos potencias se saludan

Gatica-Perón: dos potencias se saludan

Favio es soberbio. De un amor grandioso por todos sus personajes que, hasta le impiden mentir a favor del peronismo o la argentina llena de negros inocentes engreídos en vía de extinción. Todas las miradas de Favio tienen un pantalón cortito con un solo tirador y huelen a mantel de hule. Si se me permiten dos acotaciones; este es el relato de un mito plebeyo y es Favio quien sabe sentar a este negro narciso en el corazón de la política argentina. Gatica era un tipo simple, un boxeador ampuloso y bravo, que se ve todo el tiempo excedido por su propia historia. Tan a la vista, en la góndola de ofertas. Transparente como el aire. Y eso no lo convierte en víctima ni mucho menos en objeto de piedad. Aunque sea la historia de un cuerpo que no deja de doler. Por otra parte, es la historia de un monólogo interior. ¿El de Favio, el de Gatica? Un discurso intrincado de un hombre tan analfabeto como inteligente. Abrazado a las broncas y a la prepotencia de vivir. Con la marca de no mostrar otra cosa que a él mismo. Está Gatica y después el mundo. Y cada vez que es mirado exige respeto. Gatica sin saberlo está reclamando la etimología de la palabra respeto; ser mirado. Porque solo es un cuerpo, como las putas que acostumbra a frecuentar, como su cuerpo que es dolor y placer. Como la popu que ama a Gatica y desde el momento cero de la película, es una fiera anónima que ruge tira la piedra y esconde la mano. Y está dispuesta a devorárselo cuando llegue ese momento. -Escuche cómo ruge la leonera General-.

¡A Gatica se lo respeta! Con las modestas armas discursivas, pero con letra propia al fin. Antes de ser los porteros del primer mundo, antes de ir a lavar platos a Barcelona y creer que esa fantochada de músculos inflados (más cerca de un físico-culturista que de un boxeador) llamado Rocky Balboa, es la esencia misma del boxeo o peor, del pueblo. Ya hemos puesto la cara varias veces, la culpa no fue del Mono, sino de quién le dio de comer.

Buenas noches, buen provecho.

* Paul Citraro nació en Venado Tuerto. Creció escuchando música. Tal vez más tarde que temprano descubrió la literatura, la filosofía, las letras. Cansado de repetir el mismo verso, su inquieta humanidad lo llevó a fundar un Club de Jazz para convertirse finalmente en productor, crítico musical, gestor cultural, boxeador amateur, ladrón sin destino. Sibarita de bolsillos delgados y escritor limítrofe entre la decencia y la calidad.

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