La ley del tero

Gustavo Nigrelli
Por Gustavo Nigrelli

Se acerca la pelea del 7 de junio entre Maravilla y Cotto en el Madison, y la incógnita es saber cómo está el quilmeño de su rodilla, aunque hay varias versiones. Si está bien, quizás vuelva a lucir como otrora y noquee. Pero por la compleja telaraña que teje el campeón acerca de su realidad, nada se sabrá hasta que comience el combate.

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Algo eclipsada por lo que fue la pelea del año a nivel boxístico, la derrota del Chino Maidana no obstante potenció el choque del próximo 7 de junio entre Maravilla Martínez y Miguel Cotto en el Madison Square Garden de New York, generando una renovada expectativas en los argentinos.

Supuestamente recuperado de sus lesiones, el quilmeño busca reaparecer no sólo para retener su título mundial mediano CMB, sino para reivindicar su ajada imagen, que quedó empañada tras la victoria de hace más de un año en Vélez, cuando venció pálidamente al inglés Martin Murray.

Alejados de la realidad en cuanto a la actualidad del bonaerense, la incógnita es saber cómo está realmente. Es que el Maravilla de hace un par de años, el de no hace mucho, el de la época de JC Chávez Jr incluso, se haría un picnic con el puertorriqueño, quien de seguro no llegaría a escuchar la campana final.

¿Pero subirá al ring el Maravilla de otrora, o al menos, una versión similar? Ésa es la gran duda.

Sin una voz oficial creíble, ni testigos neutros que acrediten fehacientemente su estado físico, y más que nada, corporal, tras la lesión de su mano y rodilla –en especial de ésta última- que le dejó la noche de Vélez, lo que llega hasta aquí en grageas no son demasiado alentadoras.
Dicen que no corre, que sólo anda en bici como todo trabajo aeróbico, y que la gente de Cotto está desconcertada porque a 3 semanas del combate recién estaba por iniciar su sesión de guanteo, cuando el boricua ya las estaba terminando.

Quien lo conoce, sabe que esto es una costumbre en él, de las tantas anti convencionales en el quilmeño, que guantea poco y nada apenas unos días antes como para afinar el timming, ajustar distancias y aplicar en campo alguna que otra estrategia.
Sin embargo, y más allá de que él cuando habla destierra todo y se muestra confiado y seguro, no extrañaría que más de una de esas versiones un tanto alarmistas, que alguien se encarga de deslizar, sea parte del juego, es decir, de “su” juego.

Maravilla gusta de usar todo el escenario que rodea a una pelea –más allá del ring- como una gran mesa de póker, para lo cual se vale de declaraciones, gestos, notas, fotos, y todo lo que esté a su alcance para que llegue el mensaje que él quiere que llegue, al rival y a la gente.

Y por lo general, como cualquier jugador de póker, éste es inverso al real, para sacar el máximo provecho del engaño, o viceversa, para disimular falencias y que no lo ataquen por sus puntos débiles.

Hay ejemplos que apoyan esta teoría, y el más cercano fue la previa de su pelea ante Murray, en la cual decía estar de 10 puntos en todo sentido, pese a que era al revés.

Después reconoció lo que era obvio y entendible, que lo hizo para no alertar al rival, y hasta que peleó casi por cumplir con un gran negocio político-económico, incluso por aprovechar un momento que pedía a gritos una presentación suya aquí, pero que físicamente no estaba en condiciones, y ameritaba una postergación.

Quedó claro. Pero también tiene que respetarse que cada cual tiene su oficio, y si el suyo es ése, el de la prensa no es ir tras él, sino aproximarse lo más posible a la verdad con todas las campanas posibles, incluyendo el olfato y las especulaciones personales.

No fue lo único. Tras el combate habló de mano rota, que jamás siquiera se enyesó ni operó –sí se vendó unos días-, y por alguna razón poco trascendió su tratamiento de células madre en la rodilla.

Maravilla siempre se ufana de tener el mejor equipo del mundo, pero al observar detenidamente su rincón –se percibe claramente en su documental próximo a estrenar “Maravilla, un luchador”-, uno advierte el caos anárquico que allí reina, donde él es quien manda y debe bregar contra sus colaboradores pidiendo agua en la cabeza, o que le sequen la sangre en la herida.

Tras cada pelea, cuando no vuela el curaheridas, vuela el que lo venda, algún mánager o ayudante, y el resto entra en la reprimenda interna. Para afuera una cosa, para adentro otra.

Dice querer la gloria, pero por otro lado se rinde al “El Tío Sam” –como dice él cuando se refiere a los dólares-, y siempre ha privilegiado a éste por sobre aquella, bajo el razonamiento de que uno es el camino a la otra.

Su discurso boxístico tiene como referente máximo al CMB, corona que siempre fue su debilidad, pero es patrocinado por HBO, una cadena televisiva. Y cuando sus intereses fueron contrapuestos, él prefirió el de su sponsor y no el boxístico dejando el título, en lo que fue toda una declaración de principios, aunque luego se quejó de que lo despojaron en una oficina.

Ni bien ni mal. Así. No sería de extrañar entonces que –como se sospecha- hoy esté en forma óptima. En ese caso acabará con Cotto de modo tan contundente como lo hizo en su época Monzón con Mantequilla Nápoles, salvando las distancias.

Dice una cosa, hace otra. Como Ronaldiño, que mira para un lado y da el pase para el otro. Como quien hace el giro a la izquierda y dobla a la derecha. O como el tero, que en un lado pega el grito, y en otra pone los huevos.