[Relatos] La Pantera

Recordamos con este brillante relato a “la Pantera tucumana, Horacio Agustín Saldaño (61-13-13, 35 KO), en el 41° aniversario de la recordada chance mundial —wélter CMB/AMB— que desperdició ante el mexicano José “Mantequilla” Nápoles (81-7, 54 KO) tras caer por nocaut en tercer asalto, en una disputa llevada a cabo el 14 de diciembre de 1974, en las instalaciones del Palacio de los Deportes del Distrito Federal mexicano.

Por Gustavo Varela y Paul Citraro, Rosario/12 y especial para boxeo-boxing.com

Afiche de la contienda, vía Jos Sports Inc.

Afiche de la contienda, vía Jos Sports Inc.

“Dos años atrás, lo encontré a Nápoles en México y le dije que me tenía que dar la oportunidad, que yo me la merecía, ya que estaba 3º en el ranking mundial y con un montón de peleas: `Cuando quieras´, me respondió. Y cumplió. Yo estaba bárbaro para ese combate: `No  puedo perder´ me decía a mí mismo. Pero llegado el momento, frente a Mantequilla sufrí una desgracia: a diez días de la pelea me saqué el hombro derecho de lugar, por lo que el médico me dijo que tenía para cinco meses de recuperación”.

Hay que esperar, Saldaño, suspenda, hágame caso. La medicina todavía no lo sabe todo. Algún día, quizá. Pero por ahora no. Yo creo que el hombro le va a doler, estoy seguro que le va a doler y que no lo va a dejar pelear. Si ni siquiera puede peinarse… Va a querer sacar la mano y en el medio del golpe, la mano solita se le va a volver. Está por la mitad, Saldaño, tiró demasiado fuerte la mano hacia adelante y el hombro se le fue atrás.

No me pida que no le diga nada a Tito. Igual ya se debe haber dado cuenta.  Él sabe mejor que nadie lo que le pasa. Sí, sí, lo sabe mejor que yo, que soy su médico. Porque él ve todo entero lo que yo veo por partes, ¿me entiende? Tito ve cuando usted camina, cuando come, si tiene las piernas flojas, si le duelen los golpes. Mire si no se va a dar cuenta de lo que le pasa en el hombro. A mí me formaron para otra cosa y por esas cosas de la vida terminé en el box. Yo lo veo por partes, la mandíbula, las rodillas, el hígado, los cortes en la cara. Tito lo ve a usted todo junto.

Usted no ganó nada todavía, eso ya lo sé. Y puedo imaginarme lo que significa en su vida el título del mundo. Uno se hace grande con un salto; tanta espera, tanto aguantar, tanto vestuario nervioso. Una vida propia ganada en una noche de gloria eterna. ¿No puede esperar?

No puede esperar, ya sé. Lo entiendo, no sabe cuánto. Déjeme que le cuente algo, Horacio, una pequeña historia. Mi padre era médico y por él me metí en la facultad. Yo no quería, no me gustaba ser médico. Iba porque él me obligaba. Cursando una materia, me hice amigo de un pibe que robaba calmantes del laboratorio. Al principio yo no quería tomar nada. Después sí, para los exámenes, para cualquier dolorcito, para soportar las clases. Un día me di cuenta que tomaba calmantes todo el tiempo.  Dejé de ir a la facultad y en mi casa no dije nada. Tenía 20 años, el cuerpo y el cerebro siempre dormidos. Me saqué un boleto en micro a Montevideo y me fui como un desertor. Dormido como estaba, yo quería mi propia vida. Quería un título mundial, como usted. Viajé no sé cuántas horas. Cuando llegue, me bajé del micro y caminé por la terminal todo el día. No podía salir. Era mi vida o la vida que mi padre había pensado para mí. Irme más lejos o volver, hacer mi pelea mundial o quedarme en lo que ya conocía.  ¿Me entiende Horacio? Tenía, como usted, el hombro salido de lugar: o peleaba por mí mismo o me volvía. En un momento, sin darme cuenta, me arrodillé delante de una columna de la terminal, me abracé a ella y me puse a llorar. Lloré como nunca en mi vida. Me volví esa misma noche. No pelee. Tendría que haber seguido y no lo hice. Me dolía la tristeza de mi madre o el enojo de mi padre. Me dolía tanto como a usted le duele el hombro ahora.

¿Tiene que pelear? Si le duele, ¿tiene que pelear? Yo no pude, yo me volví sin tirar una mano por mí mismo. Y aquí me tiene. Yo no soy médico, trabajo de médico, ¿me entiende?

Todavía me arrepiento. Yo, que le digo a usted que espere, que no se arrebate, que se quede. No me haga caso. Mejor vaya, Horacio. Vaya y pelee. Usted nunca fue de achicarse. Sabe perfectamente que aunque vaya de punto no arruga ni a palos, que la voluntad de ponerse de pie es su respiración. Puede confiar en su paso corto, de ataque, ahí no va a tener problemas.  Usted es capaz de apretar la cintura como un bailarín cubano, achique milimétrico y ver si saca el gancho de zurda que lo mande a la lona a Mantequilla.  Entre tanta humedad, hay una grieta de luz. Eso puede, sí. Sepa que el combate es largo, si fracasa en los primeros rounds está listo, no llega ni al cuarto en pie. El arrebato dura tres minutos, o seis, no más.  Pero a usted le alcanza. Olvídese de lo que le dije al principio y vaya.

No hay que esperar, no hay nada que esperar.

“La caminata hasta llegar al ring  fue larga. Subí llorando del dolor. Decidí pelearlo igual aún sabiendo que no ganaría. En el segundo round lo acerté abajo y escuché su quejido porque lo sintió. Si no me lesionaba, no podía perder”.

“Yo siempre lo hice por trabajo, sólo para ganarme unos pesos. Mi viejo sólo me mandó al club porque me veía condiciones. Nunca miré boxeo de chico y nunca me gustó…”